viernes, 7 de marzo de 2008

Quemas prescritas y no incendios descontrolados

Las inmensas bocanadas de humo con tonalidades que van desde el color plomizo a negro -que se asemejan al monóxido de carbono que expulsan los vehículos más destartalados- se han convertido en las últimas semanas como parte del paisaje marchito del cielo puneño, todo a causa de la quema indiscriminada de la totora.
Hace algunos días escuche a unos turistas como se lamentaban por la infausta escena que se negaban a creer que se dé en la llamada Reserva Nacional del Titicaca, donde se sabe que entre sus erguidos totorales se cobijan cientos de especies nativas como los ágiles Zambullidores (único a nivel mundial), las Chocas, los Tiquichos y los inquietos patos negros, y hasta una bandada de gallinazos que por una alteración en sus glándulas pituitarias, vinieron a parar en esta parte del altiplano desde hace más de tres años.
Los turistas se preguntaban -como lo hace un simple ciudadano de a pie- ¿Quién controla las quemas?, ¿Será complicado evitarlos?, ¿No habrá manera de sancionar ejemplarmente a estas personas que alteran el ecosistema?, ¿No se cuenta con un plan integral del manejo del fuego?...
De cuerdo a los informes tanto del Inrena como de la Reserva Nacional del Titicaca, al año se registran decenas de quemas no autorizadas en gran parte de los totorales, sin encontrar los responsables directos que los provocaron, debido al lento proceso judicial que se sigue para identificar al o los autores del atentando contra el medio ambiente.
Pero a parte de que estos incendios ensombrecen el paisaje puneño con sus grandes lenguas de humo, la Dirección Regional de Salud cada año reporta un incremento elevado de las infecciones respiratorias y diarreicas, tanto en niños como en adultos que viven próximos a los lugares de quema, quienes tienen que resignarse a sucumbir en la enfermedad, sin que nadie haga nada para frenar estos abusos que atentan no solo a su salud, sino contra su integridad física y sus bienes, porque de alcanzar el fuego a una comunidad próxima, las consecuencias serían más que obvias.
Es cierto que los mismos pobladores que se abastecen de la totora para alimentar a sus animales y realizar artesanías para mejorar su condición económica, muchas veces se ven obligados a renovar estas plantaciones naturales a través de las quemas, que claro puede ser justificada, pero desde todo punto de vista no las producidas sobre grandes hectáreas, que inclusive tardan varios días en terminar de apagarse.
En Puno y en otras partes del país donde se registran estos tipos de quemas, se debería impulsar la aplicación de las quemas prescritas o conocidas como el manejo integral del fuego, el mismo que evitaría los incendios en lugares no autorizados y a la vez controlaría que en las zonas permitidas de hacer quemas, se respeten ciertas exigencias de preservación del ambiente, que por cierto cada vez está en desmedro.
De acuerdo al Programa de Manejo de Fuego de la asociación internacional, Conservando la Naturaleza, las quemas prescritas son: “Aplicaciones controladas del fuego en la tierra, con el propósito de alcanzar una meta específica de conservación o manejo (...). Es el manejo del fuego ecológicamente correctos y socialmente aceptables en las zonas de conservación prioritarias”.
Otro de los temas en el que trabajan los organismos vinculados a las quemas prescritas, es la formulación de un Plan de Manejo de Quemas, a través del cual se dan una serie de lineamientos para realizar una quema adecuada, por sectores y periódicamente, sin ocasionar incendios simultáneos que generan una acelerada contaminación de nuestro hábitat.
En Puno, está en las manos del Indeci, gobierno regional, Inrena, Reserva Nacional del Titicaca y los bomberos, la formulación inmediata de un plan similar, donde se precise qué zonas son vulnerables a los incendios forestares, de pasturas o totorales, e inmediatamente controlarlos -en el caso que sean necesarias para el ecosistema en el lugar- y hacer operativos inopinados para la detección oportuna de posibles quemas en lugares no autorizados que alteren o dañen la flora y fauna, así como afecten los bienes y la salud de familias ubicadas cerca de los incendios. De hallarse los culpables deberán ser sancionados con todo el rigor de la Ley Forestal.
Así que todos estamos advertidos, porque es tan culpable aquel, que sabiendo que su función es controlar o evitar los incendios y no lo hace, como aquel que genera las quemas descontroladas.No esperemos que los incendios vuelvan hacer titulares de los diarios, como lo ocurrido en setiembre del 2003 en la provincia de Melgar-Ayaviri, donde dos niños (hermanos) que pastaban el ganado de uno de sus vecinos, murieron calcinados al ser alcanzados y cercados por un incendio de pastizales, que al parecer hasta la fecha se desconoce quién lo inició.

Héctor Chambi Holguín